Simplemente, María Montessori.

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Maria Montessori 1933

“La educación desde el comienzo de la vida puede cambiar

verdaderamente el presente y futuro de la sociedad”

 

Hace poco volví a visitar una clase de educación infantil, o de preescolar como se decía antaño. Vi a niños activos, que corrían y cantaban felices, sentados en sus coloridos rincones moldeaban arcilla con sus pequeñas manos, pintaban grandes cartulinas de colores y percutían sencillos instrumentos, devorando felices sus primeros años de colegio.

Con los ojos cerrados aspiré de nuevo el aroma de la plastilina, de las pinturas a la cera, de la madera de los puzles; después, con los ojos ya abiertos, disfruté de la luminosidad del aula, del colorido de sus paredes llenas de murales, de los cómodos y sugerentes rincones en que los niños aprenden jugando… y me dije, no sin cierta nostalgia, ¡cuánto le debe nuestro sistema educativo, -y también nosotros mismos- a María Montessori y qué lástima que su trabajo duerma parcialmente cercenado y olvidado en el cajón de los proyectos educativos sin completar!

Pienso con cierta desazón en el modo en que nos hemos quedado estancados en la superficie, en la epidermis de su legado y en cómo la Historia de nuestra Educación es un constante viaje de ida y vuelta: de ida hacia ideas novedosas que la hacen progresar y, quizá por temor o comodidad,  de vuelta a las antiguas, rancias y establecidas.

No hace falta ser un gran observador de nuestro sistema educativo para apreciar las aportaciones de Montessori, lo que ocurre es que las vemos como algo natural, como algo evidente y lógico, pero desgraciadamente no siempre fue así, de hecho las suyas fueron unas ideas tan radicales que generaron gran polémica en su tiempo e hicieron temblar los cimientos del inmovilista sistema educativo heredado de la época prusiana.

Mi imaginación vuela triste por las oscuras y grises aulas casi carcelarias donde los niños aprendían de memoria lo que les recitaba su maestro; un maestro que encarnaba, con su igualmente gris personalidad, el paradigma de lo que aquellos niños debían o podían  ser en la vida.

Siempre he pensado -creo que todos pensamos lo mismo- que el aprendizaje debe crear felicidad en el niño y alentar su creatividad natural. Se debe ser feliz aprendiendo. Pero observo con amargura que conforme el ser humano va creciendo de niño a muchacho se pierde ese fundamental componente de felicidad en el proceso de aprendizaje escolar. Se crea un abismo inmenso entre las enseñanzas Infantil y las de Primaria y Secundaria. Un abismo en las que el tedio y el aburrimiento destruyen los muchos esfuerzos invertidos en la formación intelectual, humana y social de nuestros hijos en los primeros años de colegio. Es como si entre los dos procesos no hubiera existido continuidad de acción, como si lo que se enseñara en la Educación Infantil se diluyera en la Primaria y se perdiera del todo en la Secundaria.

Veo por doquier cómo se construyen y se estructuran escuelas a imagen y semejanza de prisiones o a imitación de grandes fábricas en las que los alumnos aprenden una serie limitada y siempre igual de conocimientos impuestos, en las que no consiguen desarrollar ni su propia identidad, ni su independencia ni su inteligencia. Una fábrica de niños pasivos con cerebros impregnados de ideas externas y cuadriculadas, en un entorno en el que la desgana y el hastío contribuyen a la destrucción de la ilusión por aprender.

Hay personas que, a lo largo de la Historia de la Humanidad, han provocado admiración en los demás por haber tenido que desarrollar su genio creativo en condiciones manifiestamente adversas pero, cuando a ésto se le añade el hecho de que dicha persona sea mujer y que además le haya tocado vivir a finales del siglo XIX, la situación se hace especialmente meritoria.

Una mujer italiana del siglo XIX, aunque perteneciera a una clase social acomodada, no podía aspirar a más formación intelectual que la de ser maestra de escuela, lo cual no es poco. Pero hubo excepciones.

En este contexto social surgió la figura de María Montessori, una joven que ya había estudiado Ingeniería y Biología, y que quería ser médico, la primera mujer médico en una Italia en la que la Universidad de su capital, Roma, no permitía a las mujeres cursar la carrera de Medicina.

Tras denodados esfuerzos, María consiguió ser admitida y cursar la carrera, obteniendo su doctorado con resultados académicos espectaculares, muy por encima de los de sus compañeros varones.

Se especializó en Psiquiatría y muy pronto se sintió atraída por la educación de niños con algún tipo de “deficiencia mental”, “niños problemáticos”, niños a los que se les apartaba de la sociedad con desdén por considerarlos imposibles de educar y por constituir un “inaceptable lastre económico” para la misma.

No obstante, María se dio cuenta que estos niños tenían posibilidades de desarrollarse intelectualmente, aunque sus capacidades se hubieran visto reducidas, y que no solamente podían ser felices como cualquier “niño normal” sino tener un perfecto acomodo en la sociedad sin suponer una carga para ella.

No solo logró que los niños con los que trabajaba aprendieran a leer y a escribir sino que incluso hizo que se presentaran y aprobaran los exámenes a los que se sometía a los niños sin tales deficiencias.

Con este sorprendente éxito, Montessori demostró varias cosas: la primera,  que los niños con deficiencias eran capaces de superar con amor, paciencia y una metodología novedosa, las pruebas de nivel de los “niños normales”, y la segunda -que fue una lectura negativa y paralela a este descubrimiento- que los niños normales, por tanto, estaban infradesarrollados.

Por ello M. intuyó que era posible aplicar esta nueva metodología pedagógica a todos los niños en general y multiplicar de manera exponencial el desarrollo educativo de estos chicos digamos “normales”. Incluso se podría plantear la integración de los niños con ciertas deficiencias con los niños normales y permitir la coexistencia natural de ambos bajo el mismo techo educativo.

Pero para poder profundizar en estas ideas, Montessori necesitaba entender las claves del comportamiento humano, precisaba tener mayores conocimientos de Antropología e incluso de Filosofía, y por ello, volvió a la Universidad para formarse en el estudio superior de ambas disciplinas.

Se apoyó en los trabajos de dos médicos investigadores franceses cuyas ideas respetaba: Jean Itard y Édouard Séguin.

A Itard, al que quizá se le recuerde más por haberse hecho cargo del famoso caso del “niño salvaje” de Aveyron, le debe sus aportaciones en el campo de una nueva pedagogía que se sustentaba en la observación del niño y la no imposición de la enseñanzas por parte del maestro.

Séguin, que también estudió con Itard y al que se le considera el padre de la “Educación Especial”, enfocó su trabajo hacia un método pedagógico basado en el desarrollo motriz y en la estimulación de los sentidos, y lo dirigió a niños con deficiencia mental.

 

El Método Montessori

La observación del niño por parte de su profesor, la no imposición de las enseñanzas y la adaptación del entorno en el que el niño está aprendiendo, son algunas de las bases del trabajo que María desarrollará con sus niños y que hoy conocemos como Método Montessori“.

María se dio cuenta que había que trabajar educativamente con los niños desde edad temprana, pues ya a los 5 años de edad el cerebro de un niño alcanza el 80% del tamaño que tendrá de adulto, por lo tanto ese en estas edades era fundamental para definir la inteligencia futura del individuo. También observó que el niño posee desde muy pequeño cualidades que le hacen ser “potencialmente un hombre”: ya atesora una personalidad independiente y una cierta moralidad, ambas lógicamente muy atenuadas, y afirmó que somos los mayores quienes debemos proporcionar a los niños los medios para que desarrollen estas potencialidades. Por ello Montessori planteó que, para que el niño pudiera su capacidad, había que respetarlo, dejarle expresar su opinión o incluso dejarle protestar si fuera necesario. Para María el niño es “el padre del hombre” y “la esperanza de la Humanidad”.

Haciendo un breve paréntesis al respecto quiero comentaros que hace poco tuve acceso al blog del maestro y escritor José María Toro  en el que el autor comentaba muy acertadamente:

“El niño es el inicio, la puerta, el primer paso, el esbozo y la promesa del Hombre que duerme en su interior. El niño engendra al adulto que será, y le alimenta con cada experiencia que vive. Todo hombre tiene por padre y madre al niño que fue. Por eso, cuidar a un niño, a una niña, es cuidar a toda la especie humana”.

Curiosamente, será un problema socio-económico el que permitió a Montessori poner en práctica sus descubrimientos: en la Italia de principios del siglo XX los niños menores de 6 años no se escolarizaban, por lo que en Roma la mayoría vivía en la calle mientras sus padres trabajaban. Esto generaba muchos inconvenientes pues los pequeños formaban pequeñas bandas que provocaban actos vandálicos en un entorno que era el caldo de cultivo perfecto para ser futuros delincuentes. Por ello, los responsables del Ministerio italiano de Educación pidieron a Montessori que se hiciera cargo de estos molestos y destructivos “niños de la calle”.

María aceptó el reto y construyó la primera de sus “Casa dei Bambini” es decir, la “Casa de los Niños” en San Lorenzo, Roma; pero no quiso que fuera una escuela al uso y la imaginó como un lugar diferente y con principios diferentes: un lugar donde los niños aprendieran de manera natural las normas básicas de comportamiento social, incluso las elementales normas de higiene personal, un sitio donde no se les llenara la cabeza de datos ni de reglas estrictas, donde los chicos pudieran recuperar su dignidad, donde no hubiera castigos ni premios sino simplemente la satisfacción de hacer sus labores de manera autónoma. Libertad, dignidad e independencia se convirtieron en las tres grandes claves del nuevo centro pedagógico.

aula montessori

A los adultos a cargo de los niños se le encargó la tarea suplementaria de enterrar los prejuicios adquiridos y observar al niño con mente abierta, clara y diáfana. El trabajo fue duro por lo novedoso del método, pero los resultados fueron espectaculares. Estos niños se normalizaron, se volvieron respetuosos, seguros de sus capacidades y aprendieron a leer y a escribir precozmente y de manera natural.

La noticia sobre los increíbles resultados obtenidos por el centro de Montessori provocó un entusiasmo casi mundial. María fue invitada a EEUU por la familia Graham Bell y, con su apoyo y el de la Presidencia, se fundó allí la AMA (American Montessori Association).

En Italia, Mussolini fundó la Real Escuela del Método Montessori y mandó construir Casas de los Niños por toda la península itálica y el método se exportó desde allí a Alemania. Pero Mussolini tenía planes ocultos para estas escuelas infantiles, pues las imaginaba como lugares de adoctrinamiento de sus doctrinas fascistas y más tarde servirse de ellas como centros de adiestramiento de sus futuros soldados.

Montessori se opuso firmemente a ello, por los que Mussolini mandó cerrar todas las escuelas. Ante esta situación, María abandonó Italia rumbo a un largo exilio que le llevó de España a la India, siempre en el marco de la Segunda Guerra Mundial y sus devastadoras consecuencias, acabando sus días en Holanda, donde ya había fundado en 1929 la AMI (Association Montessori Internationale) para el desarrollo mundial de sus revolucionarias ideas pedagógicas.

María llegó a la conclusión de que el proceso de desarrollo del niño era personal, lo debía hacer él mismo, se debía desarrollar autónomamente, y el papel del adulto era simplemente el de supervisor y de avituallamiento: ofrecer al niño medios para desarrollarse y enseñarle a usar dichos medios. Había que desechar la idea de la cabeza del niño como una gran caja vacía que hubiera que llenar, de hecho los conocimientos debían ser percibidos como una consecuencia de los razonamientos libres que los propios chicos desarrollaban.

En este sentido, su método distribuía a los niños por grupos de edades que ella llamaba “periodos sensibles”, que eran etapas muy definidas en las que los niños podían aprender determinadas habilidades con mucha facilidad, tales como el desarrollo del lenguaje, la interacción social o el uso de los distintos sentidos.

Los chicos eran ubicados en centros adecuados a su tamaño, intentando recrear un “mundo para niños” en el que incluso el mobiliario fuera del tamaño de los pequeños.

Todo -la pedagogía, los materiales y el ambiente- en el que se movía el niño, se adaptaba a él y no era el niño el que se debía adaptar a un sistema impuesto. De hecho, la mayoría de los materiales didácticos que hoy vemos en las aulas de nuestros hijos, materiales visualmente atractivos y estimulantes táctiles y sonoros, fueron concebidos para que el niño experimentara pero con la particularidad de ser auto correctivos. De esta manera se fomentaba la autonomía del chico, desarrollando su capacidad intelectual, social, emocional y crítica, y fomentando la curiosidad innata del niño.

Era la aplicación práctica del “aprender jugando” y el uso del juego para el desarrollo de la capacidad intelectual del niño.

Montessori se aprovechó de la capacidad casi ilimitada de absorción que posee la mente del niño, aquello que nosotros denominamos vulgarmente “ser como esponjas” y también de la capacidad del niño de repetir una misma acción hasta conseguir el fin deseado. Hoy en día, la mayoría de los centros incluye como metodologías pedagógicas el aprovechamiento de esta “mente absorbente” para que el niño trabaje con las nuevas tecnologías, pues de todos es sabido que nuestros hijos son capaces de repetir un juego de ordenador una y otra vez, sin aburrirse, probando sin rendirse, buscando posibilidades y equivocándose docenas de veces sin más afán que la de conseguir el reto de su superación personal.

¿Cuál era entonces la función de maestro?

Montessori estudió los trabajos del pedagogo suizo Enrique Pestalozzi (Johann Heinrich Pestalozzi)  sobre la preparación del maestro. Sucintamente, Pestalozzi decía que el maestro debía tener necesariamente dos cualidades que él centraba en el amor: amor por su trabajo y amor por el niño.

Pues bien, el educador debía tener una función primordialmente individualizadora con la que conseguir enseñar a cada niño de manera individual. Cada niño tenía -y tiene- su ritmo de aprendizaje, sus momentos para adquirir los conocimientos y su autodescubrimiento.

Un inciso. Muchos de los problemas de aprendizaje que tienen nuestros hijos hoy en día, incluídos los problemas conductuales, tienen su origen en nuestra obsesión por la generalización educativa: obligar a todos los niños a estudiar lo mismo a las mismas edades, sin tener en cuenta que cada muchacho tiene unas necesidades y unas aspiraciones diferentes que no dependen de su edad.

El adulto, tanto el maestro como el padre o la madre, debe estar siempre un paso detrás del niño, sin ningún afán de protagonismo, estimulándole a aprender y permitiéndole una total libertad para ello, dejándole expresar sus preferencias y sus gustos, observándole y aprendiendo constantemente de él para que, de este modo, el niño pueda, a su vez, aprender del ejemplo coherente de los adultos mientras recibe la autonomía necesaria para que se desarrolle en todos los aspectos de la vida. Montessori, afirmaba que el educador, ubicado en esa velada posición, debía motivar al niño al placer de descubrir por sí mismo, a desarrollar con gusto su inteligencia de manera independiente, mediando en las actividades del muchacho pero nunca interfiriendo en su aprendizaje.

“El niño debe ser ayudado a actuar y a expresarse, pero el adulto no debe actuar en su lugar sin una necesidad absoluta. Cada vez que el adulto ayuda al niño sin necesidad, obstaculiza su expansión…  (M.M.)

El educador debía poseer esa capacidad motivadora para, de este modo, conseguir que los niños aprendieran con placer, satisfaciendo su curiosidad, incentivándoles en el descubrimiento personal, a descubrir por ellos mismos y a desarrollar sus propias ideas. Los conocimientos, según Montessori, no se transmiten, no se reciben sino que se descubren.

Vivimos en una sociedad que detesta la equivocación pues la considera negativa. Es de todos conocida la famosa anécdota de Edison respecto de su invento más famoso: la bombilla de filamento incandescente. Edison hizo más de mil intentos con materiales diferentes hasta acertar dar con la solución final. Un periodista le preguntó sobre los mil supuestos errores que había cometido el inventor hasta encontrar dicha solución al problema, a lo que Edison le contestó con rotundidad que la bombilla no fue invento de mil intentos fallidos, sino un invento que precisó de mil pasos.

La equivocación era -y es- la base de cualquier progreso, incluída la del progreso educativo.

En la práctica, para que el niño encontrara la solución a un problema se le debía dejar experimentar. Se debía permitir que los niños se equivocaran, motivándoles para que siguieran intentándolo hasta dar con la respuesta al problema. Esa era la clave. El aprendizaje se producía cuando el niño era consciente de sus errores. Con su trabajo, con su análisis y con la síntesis, es decir con lo que el niño dedujera de este proceso experimentador, era con lo que conseguía corregirse a sí mismo.

El Método de Montessori insistía en que el niño de ninguna manera debía sufrir de manera pasiva la formación que le impone un educador controlador y omnisciente, sino que debía adquirir una actitud activa y dinámica ante su educación.

¿Dónde quedaba el papel de los padres en todo este modelo educativo?

El papel que tocaba ejercer a los padres era similar al de los profesores, pues tenía mucho en común con ellos. Los padres debían ejercer de guías, prepararles un ambiente en el que pudieran crecer adecuada y cómodamente. En ese ambiente, los padres debían promover la espontaneidad de los actos de sus hijos, hacerlos independientes, no imponerles acciones por el mero hecho de ser socialmente aceptadas, pero siempre con un límite claramente establecido: que dichas accionesno  fueran inútiles o no fueran perjudiciales para ellos o para los demás. Como decía Montessori, “la libertad debe tener como límite el interés colectivo”.

Montessori siempre pensó que ayudar al niño a desarrollarse interiormente, atender a sus necesidades educativas, no era una una cuestión que solamente dependía de los colegios ni de los profesores ni de las familias, sino que era una asunto trascendental que atañe a toda la sociedad. Pero parece que la sociedad se ha desentendido de la gran apuesta por su futuro: apostar por el niño.

Hoy en día, los niños viven su etapa escolar con un absoluto sentimiento de incompetencia, de incapacidad, de dependencia del adulto, ya sea de sus profesores o de sus padres. Hemos anulado su curiosidad, hemos aniquilado su creatividad, hemos mecanizado su formación, hemos reducido su horizonte, no les permitimos pensar por ellos mismos porque no creemos en sus capacidades, no creemos en ellos.

Es el momento de volver a apostar por el niño como “el hombre del mañana”. Es nuestro futuro y nos va mucho en ello.

MhB

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