Aula 2.0, ¡ya!

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Internet se ha convertido en una necesidad humana.

Y dentro de las necesidades humanas, la Educación no se libra de la influencia de las tecnologías digitales. En esta época convivimos en aparente normalidad con ordenadores, móviles, redes, tablets, TVs interactivas…, una tecnología que todos usamos -en especial los jóvenes y los niños- pero en la que los docentes nos hemos quedado fuera de juego, reducidos a un papel de meros espectadores del proceso. Ni siquiera tenemos claro que exista una metodología adecuada, un método apropiado con el que pudiéramos aplicar dicha tecnología digital a nuestras clases.

Aula 2.0

Algunos docentes se escudan en la imposibilidad de asumir los cambios constantes que se exigen para estar al día en cuestiones informáticas; otros aducen pertenecer a otra época educativa y mantienen las supuestas excelencias de dicha metodología pre-digital en sus aulas con el convencimiento de que si a ellos les ha funcionado, también puede funcionar con sus alumnos; otros incluso dejan estas “cuestiones informáticas” a los denominados frikis , o a los “profesionales de las computadoras”, o a los “chicos jóvenes que acaban de salir de la Universidad”…

Pero olvidamos que ya hace un cuarto de siglo (sí… 25 años) que las TIC  (Tecnologías de la Información y de la Comunicación) dieron sus primeros pasos en las aulas de nuestros colegios, institutos y universidades. Al principio se vio esta llegada como una manera de modernizar las escuelas, de hecho algunos colegios “vendieron” esta implementación como un modo de que sus centros fueran más modernos, o más elitistas o se acercasen a lo que supuestamente se estaba haciendo en Europa, en aquel mundo idealizado que existía más allá de nuestras fronteras.

En esos albores de lo que algunos llamaron “digitalización educativa”, los colegios compraron ordenadores, equipos informáticos y prepararon algunas aulas para que los alumnos trabajaran con estas tecnologías. Pero todo ello no dejó de ser un proceso de dotación de infraestructuras con una finalidad que no estaba muy clara.

Fueron las universidades –no podía ser de otro modo, debido a su indispensable espíritu investigador- las primeras que aplicaron las nuevas tecnologías a la docencia. Pero el proceso de aplicación a la enseñanza de base -Infantil, Primaria, Secundaria o Bachillerato- ha ocurrido hace unos pocos años.

Aunque todo el mundo asume que las TIC tienen un futuro inmenso en nuestra sociedad y que seguramente las aplicaciones serán revolucionarias en el campo de la educación, no existe por parte de los docentes ni de la Administración Educativa una actitud que suponga un cambio de rumbo ante esta “revolución”. Da la impresión de que no se cree en ellas o que se está dilatando el proceso de asimilación de estas -ya no tan nuevas- tecnologías. En este sentido nuestros alumnos -nuestros hijos- ya nos han adelantado sin ningún miramiento, y a nosotros nos parece bien que lo hagan, nos parece que así debe ser, puesto que creemos que es cosa de la edad o de los tiempos que les ha tocado vivir.

Pero no acabamos de asimilar que el cambio generacional ya ha ocurrido. Incluso algunos autores estudian este fenómeno sociológico. Se ha acuñado el término “nativo digital” u “homo sapiens digital” para catalogar a aquellas personas que rondan los 30 años de edad, que usan habitualmente los ordenadores, videojuegos, cámaras digitales, móviles… y que han vivido con naturalidad el proceso de desarrollo de la tecnología digital en todo su entorno: trabajo, estudio, relaciones comerciales, ocio,… asumiéndolas y consumiéndolas, y entendiendo el lugar que ocupan estas TIC en sus vidas.

También se utiliza el término “inmigrante digital” para definir a aquellas personas nacidas entre los años 1940 y 1980, que también han asistido a este proceso de cambio tecnológico pero que actúan ante él de modo diferente. Los “inmigrantes digitales” ven “todo esto de internet” como si de una segunda lengua se tratara. Entran en internet solo cuando no encuentran en los libros la solución a un problema y, antes de usar cualquier ordenador u aparato digital, leen con detenimiento el manual de instrucciones.

En cambio los “nativos digitales” trabajan de manera más intuitiva, casi “por ensayo y error”, procesando la información de manera más rápida y eficaz puesto que son capaces de hacer varias tareas a la vez. Es habitual ver a nuestros hijos oír música mientras escriben un Whatsapp, consultan la Wikipedia, actualizan su Twitter, contestan a Skype y suben una selfy a su Faccebook, todo ello mirando de reojo varios canales de televisión a la vez.

Nuestros hijos de entre 5 y 15 años conforman la primera generación mundial que ha crecido de manera natural rodeada de la tecnología digital, de hecho, pasan su vida pegados a los móviles, rodeados de ordenadores, tablets y videojuegos, navegando por la red de redes, utilizando internet de manera habitual. Son verdaderamente unos “hablantes nativos” del lenguaje de los ordenadores, de internet, de la televisión interactiva y expertos consumidores de app.

En cambio, los docentes, aunque algunos tengamos cierta perversión tecnológica, raramente salimos de la categoría de “inmigrante digital” y, desgraciadamente, seguimos obcecados en aplicar obsoletos métodos educativos y formativos propios de “inmigrantes digitales” a “nativos digitales”, olvidando que nuestros hijos ya viven perfectamente integrados en una sociedad digital y que las tecnologías 2.0 ya pertenecen a la normalidad de sus vidas cotidianas.

Es un problema de toma de conciencia por parte de los responsables educativos y, por extensión, del profesorado. Es curioso que, a efectos docentes, no estemos actuando con la rapidez necesaria para adaptarnos a la tecnología 2.0. En general los profesores seguimos utilizando la metodología digamos “clásica”, la de toda la vida, la que ya conocemos y que nos ha funcionado hasta el momento. Se confirma, pues, que todo el amplio abanico de posibilidades educativas que nos brinda la tecnología digital e informática está infrautilizado. El docente no se arriesga, no quiere o no puede cambiar su mentalidad. Todo sigue igual que el siglo pasado y que los anteriores, con un profesor que continúa siendo el centro de interés en el proceso educativo. La propuesta de que el profesor ceda su protagonismo en pro de sus alumnos, no es algo novedoso de la tecnología 2.0, en absoluto, porque hace más de un siglo que muchos autores como María Montessori (hace poco escribí un breve ensayo sobre esta enorme pedagoga y visionaria educativa) ya sugerían que el maestro debía ubicarse en un discreto segundo plano y dejar que el alumno sea el verdadero protagonista de su proceso educativo y formativo.

Pero, ¿cómo debería cambiar el docente su mentalidad?

Algunos estudiosos hablan del modo en que Internet ha revolucionado nuestra sociedad poniendo muchas veces del revés las relaciones entre los propios individuos que la componen. Hay que asumir con humildad que la clase magistral impartida por un profesor supuestamente omnisciente ha perdido la importancia que tuvo en otros momentos. Indudablemente, siempre los profesores sabremos más sobre las materias que enseñamos que nuestros alumnos, eso nadie lo pone en duda, así que estemos tranquilos porque el enorme ego de unos pocos docentes queda, en este sentido, bien parado. Quizá incluso nos deberíamos empezar a plantear que el profesor no tiene por qué ser un gran pozo de sabiduría y que debe cambiar su rol a uno completamente diferente, el de guía de sus alumnos.

Más de la mitad del tiempo que nuestros hijos están en clase, lo dedican a copiar en sus cuadernos aquello que está escrito en la pizarra, o a tomar nota casi al dictado de lo que su profesor les está contando. Son modos de trabajar en el aula que no corresponden a los tiempos en los que vivimos, por ello, olvidemos de una vez por todas la figura del profesor como transmisor de información y pensemos en un cambio de rol que convierta a al maestro en una especie de tutor que acompaña en la distancia y en segundo plano a sus alumnos sirviéndoles en su proceso formativo, estimulándoles a encontrar una salida -o varias salidas- a cualquier dilema que se les plantee.

Y hablo de servir: los docentes tenemos que empezar a acostumbrarnos a conjugar este verbo con humildad, pues en el fondo, ¿qué somos si no servidores de nuestros alumnos? ¿No somos servidores de los hombres y mujeres del mañana y, por extensión, servidores del futuro de nuestra sociedad? ¿Existe algún oficio más trascendente que el de maestro? Yo no lo conozco.

Es un buen momento para que en pleno siglo XXI volvamos a aplicar la esencia del método socrático que ya demostró su eficacia hace más de 2400 años: un maestro que no da soluciones a los problemas sino que orienta sus pupilos para que las encuentren, no solo mediante preguntas, como hacía Sócrates con los suyos, sino con los recursos que nos ofrecen estas tecnologías de las que hablamos, para que los alumnos descubran de manera autónoma la respuesta. Esto que a algunos puede parecer un paso atrás en la enseñanza sería, sin ningún género de duda, un enorme salto en el desarrollo cognitivo del ser humano.

El profesor se convertiría en una especie de diseñador de problemas, un lanzador de preguntas digitales, un creador de proyectos para sus alumnos, de tal manera que a éstos se les motivara a bucear en el universo digital para encontrar de manera autónoma la información necesaria para solucionar los problemas. Lo bueno de este método docente es que lleva aparejado un proceso de análisis de la información encontrada y de síntesis intelectual de los resultados por parte de todo el colectivo. Desarrollar la autonomía en el alumno es la verdadera adquisición del conocimiento. Así es cómo se aprende.

El profesor no puede ni debe competir con la inmensa fuente de Ciencia y Cultura que es Internet. El docente debe poseer una buena preparación y un correcto conocimiento de las redes 2.0 que le permitan servirse de ellas, saber dónde hay que buscar, qué información es pertinente y cuál no, y de qué modo aplicar los resultados al desarrollo de su clase.

Por ello es urgente que nuestros docentes adquieran cuanto antes la formación necesaria en el uso de las tecnologías 2.0. No es una urgencia banal, en modo alguno. Si los centros educativos no asumimos este cambio de mentalidad y no nos adaptamos a las nuevas corrientes formativas, corremos el riesgo de que sea la sociedad la que califique de obsoleto nuestro sistema educativo y, desde fuera de nuestras escuelas, nos demande y nos obligue al cambio.

MhB

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