Educar para transformar

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La esencia de la educación no ha variado demasiado desde la Antigüedad. Indudablemente, en todo este tiempo, los conocimientos se han ido multiplicando y se han adquirido muchas más destrezas, pero siempre el resultado es el mismo: al conseguir estos conocimientos y habilidades, los seres humanos los ponemos al servicio de nuestro colectivo pero bajo las normas que la propia comunidad establece. Es un recorrido cíclico que busca asegurar el modo de vida y perpetuar el tipo de sociedad a la que pertenecemos. Pensemos en ello como en una especie de préstamo que la sociedad nos hace y que, más pronto o más tarde, hay que devolver.

 

evolución

 

Desde los hombres del Neolítico a la Era de la Comunicación, pasando por la civilización griega, el Medievo o la Revolución Industrial, hemos recibido de nuestros maestros una serie de conocimientos y destrezas que siempre han ido “envueltos”, cual papel de regalo, en una compleja serie de ideales. Todos estos ideales no solamente son subjetivos y particulares para cada grupo social, para cada pueblo, sino que además tienen un efecto secundario que no apreciamos a simple vista, y es que nuestras tradiciones, nuestras leyes, nuestra historia, nuestra cultura, etc. determinarán lo que los sujetos vamos a poder, o no, aprender.

La mayoría de los sociólogos e historiadores opina que la educación del ser humano va siempre encaminada a lo que la sociedad demandará de él o lo que la sociedad necesitará de él. Es indudable que la escala de valores de las distintas sociedades humanas ha variado muchísimo a lo largo de la Historia. De manera burda y reduccionista podría intentar generalizar diciendo que, por ejemplo, la sociedad espartana primaba el valor del individuo varón, la griega valoraba el intelecto, la egipcia se centraba vivir (y trabajar) para el más allá de sus dioses, la cristiana lo hacía de manera similar pero ratificándose en el monoteísmo, la Revolución Francesa cambiaba los dioses por la razón mientras que la Revolución Industrial los cambiaba por la Tecnología, la del siglo XIX apreciaba el Pensamiento Reflexivo y en la nuestra quizá sea la Comunicación lo que valoremos como primordial, pero los mismos sociólogos e historiadores argumentan que todas ellas han tenido siempre como nexo común el interés económico.

Ahora bien, si la sociedad es la que, por necesidad, impone los ideales que acompañan a la tarea de educar, podríamos pensar que es un tanto absurdo mandar a nuestros hijos al colegio para formarles como personas capaces de transformar esta misma sociedad. Quizá les estemos mandando a los centros educativos con otra misión, quizá no sea para transformar la sociedad sino simplemente a perpetuarla. En todo caso y como mucho, se formarán individuos que la harán evolucionar pero siempre sin salirse de los cauces que ella misma impone.

Parece evidente que la educación que damos y recibimos es, en este sentido, esencialmente conservadora. Y es conservadora porque forma a los individuos “para que la conserven”, para que la mantengan tal y como es, y no para que la revolucionen ni para que hagan tambalear sus cimientos y aún menos para derribarlos. Es como si los individuos que formamos en nuestros centros educativos deban ser útiles a la sociedad, adaptados a la misma y que no planteen problemas de base social. Quizá la propia educación tenga relación con un instinto de protección doble: el del individuo y el de la propia sociedad.

En este sentido, la educación oficial que nos ofrece la sociedad plantea como punto innegociable el respeto a la autoridad, para asegurar el mantenimiento de las estructuras sociales. Y esto parece un contrasentido, pues una de las características inherentes al ser humano es precisamente su insatisfacción por lo conquistado y por lo que parece establecido. Es algo que llevamos dentro y que nunca acabamos de colmar del todo. Esta insatisfacción humana es uno de los rasgos que nos hace ser, precisamente, humanos.

Afortunadamente esto nos da cierta esperanza a los que nos consideramos educativamente renovadores, porque al traspasar el testigo de la sociedad a nuestros hijos, además de legarles lo conseguido con nuestro esfuerzo, también les estamos trasladando aquello que no hemos tenido posibilidad de realizar. Cabe pensar que, por otro lado, la sociedad tampoco es un ente terminado, ni fijo, ni estable, sino que varía constantemente, introduciendo todo tipo de tendencias,  muchas de ellas incluso subversivas.

La escuela no solamente transmite la cultura de la sociedad en la que vivimos sino también un amplio conjunto de culturas que están en conflicto con la nuestra propia. En ese conflicto ya está latente el germen de la evolución intelectual y de las futuras revoluciones sociales. De hecho, creo que la gran labor de los grandes pensadores ha sido precisamente la de alimentar en el ser humano ese estado de constante insatisfacción con lo establecido, de insatisfacción ante lo que todavía no se tiene y ante lo que se pretende conseguir.

El papel del maestro en todo este proceso es de una responsabilidad enorme, puesto que de él depende, por un lado, que el alumno comprenda el mundo en el que vive, conozca sus pros y asimile sus contras y, por otro lado, conseguir que el pupilo entienda que estudiando, investigando, trabajando será capaz de cambiarlo. El maestro forma individuos para que sean autónomos y para que lleven dentro la semilla de la transformación social -incluso de la revolución social-. Serán individuos que aprendan de su pasado, lo cual no significa que deban aceptarlo sino que se apoyen en él para crecer.

En definitiva, la del maestro es una labor tan trascendente que afecta al mundo futuro, al futuro de nuestro mundo. ¿Os parece poca responsabilidad?

MhB

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