Hablar con mi hijo, adolescente.

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Esta es una carta que escribí hace tiempo para intentar animar y aconsejar a una gran amiga mía que se encontraba “al borde de un ataque de nervios” debido a los enfrentamientos diarios que tenía con su querido hijo adolescente. Su hijo “había cambiado”, “ya no era el mismo”, “no había manera de hablar con él”…

¿A dónde se van nuestros hijos en esos años de adolescente?

Nota: La comunicación se recuperó, el tiempo ayudó y su querido hijo regresó de su viaje por la adolescencia. Todos vuelven. Solo hay que saber esperar.
adolescente

Amiga mía:

Cuando hablamos entre nosotros, debatimos, discutimos, o simplemente nos comunicamos, utilizamos los argumentos que provienen de “nuestro modo de pensar” y tu hijo hace lo mismo, utilizando su particular manera de ver las cosas.

El adolescente es un ser humano que se está formando, que se está haciendo como persona, es un individuo que está en proceso de construcción y cuyo carácter sufre constantes cambios. Su mente es un hervidero de sensaciones y de proyectos, de necesidades y apetencias y, en este sentido, su manera de comunicarse nunca será muy clara. Pedirle que se siente a nuestro lado para dialogar como adultos sobre un problema es pedirle peras al olmo.

La vida de tu hijo adolescente es una especie de montaña rusa en la que tan pronto está en la parte alta y se encuentra feliz, eufórico, pletórico, como, en cuestión de segundos, está en la parte baja, deprimido, inseguro y triste. Entablar conversación con alguien en esta situación anímica es cuanto menos complicado.

Para tu hijo eres simplemente una “plasta”, una “pesada”, una mujer mayor cargada de obligaciones y tareas desagradables, que no sabe nada de lo que a él le importa y que no tiene ilusión por la vida (por las cosas que él considera la vida, claro), por lo que hablar contigo no es algo que a él le apetezca demasiado.

Por ello, lo primero que debes hacer es ESCUCHAR.

Sí, ya sé que tú le escuchas más que él a ti, pero cuando hablo de escuchar lo que quiero decir es que le escuches prestándole atención y sin interrumpirle. Hay que aprovechar las contadas ocasiones en las que se decide a hablar, así que piensa que estás viviendo un “momento histórico”, aprovéchalo.

Tu actitud al escucharle debe ser como si lo que te estuviera contando fuese lo más importante del mundo (te aseguro que para él lo es, no lo dudes). Deja de hacer lo que estés haciendo, deja, aunque sea por un momento, aparcadas esas tareas que siempre te agobian y que siempre “tienes que hacer” (y en las que muchas veces te escondes para no “bajar a la arena” y enfrentarte con tu hijo). Mírale a los ojos, con la mirada franca y sincera, sin que note suspicacia en los tuyos. No estaría de más que, de vez en cuando, el chico te note asentir con la cabeza; es una manera de mantener el contacto con él, para que él vea que hay interés por tu parte en lo que te está contando.

Mira…, cuando tu hijo habla y, de pronto, cree que no le escuchas, se siente herido y ya sabes que un adolescente, cuando se siente herido, probablemente te ataque… verbalmente, claro. No permitas que tus prejuicios, es decir aquello que ya conoces de él, o lo que ya piensas de él y de su manera de comportarse, dominen la conversación.

Tienes que intentar “estar en su onda”, sintonizar con él, entender que a él también le pasa algo y que él note que tú entiendes que algo le está pasando, que se sienta comprendido, porque ello va a facilitar mucho que se abra y te cuente algunas de sus cosas.

No esperes una gran explicación por su parte ni que te vaya a contar todo lo que hace o todo lo que le preocupa, por eso es importante que le dejes hablar.

Los adultos hemos conseguido dominar nuestras emociones con el paso de los años, pero el adolescente no lo ha logrado todavía y sus emociones afloran y se multiplican constantemente. Todo lo que le ocurre, todo lo que él siente, se magnifica, todo se hace más grande, todo le afecta, todo le importa y todo le duele (y te aseguro que le duele de verdad). El mundo del adolescente no tiene término medio, o todo es blanco o todo es negro (más bien blanquísimo o negrísimo), buenísimo o malísimo.

Por ello cuando estés ante uno de esos escasos momentos en los que se decide a hablar contigo (que los habrá, te lo aseguro también), es necesario que tu hijo se sienta comprendido y apoyado.

Es posible que lo que tu hijo te cuente te parezca una soberana estupidez o una pérdida de tiempo, o que pienses que tú solucionarías ese asunto en dos minutos, pero como intentes quitarle hierro a sus problemas, te darás de narices con una pared insalvable y la pared será tu hijo. Sé que lo haces de corazón y que lo que intentas es minimizar sus preocupaciones o su malestar procurando que no sufra, para protegerle, pero con hacerle ver que lo que le pasa “no es para tanto”, solo conseguirás que piense que tú no le comprendes y que “pasas de él”.

Es cierto que la mayoría de esas cosas tan “importantes” que le pasan a tu hijo seguramente sean nimiedades, que no tienen ni punto de comparación con los problemas a los que tú como adulto tienes que enfrentarte cada día (hipoteca, facturas, Hacienda…) pero has de pensar que “sus problemas” son “sus problemas”, así que ni se te ocurra quitarle hierro al tema.

Te aconsejo que no uses frases del tipo “tampoco es para tanto”, o “cuando seas mayor sabrás lo que es tener problemas”, porque ese tipo de frases interrumpen la comunicación con tu hijo y lo alejan de ti. Yo te diría que utilizaras “frases de conexión” con las que tender un puente que le anime a continuar, algo así como “ya veo que esto es importante para ti”, “me doy cuenta que esto te afecta” o “veo que lo estás pasando mal”….

Mucha de la incomunicación que se crea entre el adolescente y sus padres tiene su origen, no tanto en lo que se dice sino en el modo en que se dice, en cómo se dicen las cosas. Los padres tenemos la costumbre de hacerles llegar el mensaje alto y claro a nuestros hijos, lo cual en muchos otros contextos se agradece, pero con los adolescentes esta manera de expresarnos no funciona bien. Entendamos pues que el modo de hablar es fundamental y, por ello, cuidemos tanto el tono de voz como la forma en que nos dirigimos a ellos, seleccionemos bien las palabas que vamos a decir y prestemos atención incluso a los gestos y al lenguaje de nuestro cuerpo.

Los mayores, para rematar la faena, solemos acabar nuestras frases con palabras, adverbios o frases hechas que denotan finalización y falta de flexibilidad: “nunca haces tus tareas”, “siempre traes problemas a casa”, “si es que nunca aprendes”, “siempre estás igual”, “esto es así y… punto”, “la vida es así”, etc… pero, si te fijas, te darás cuenta que con ello no le damos a nuestro hijo la posibilidad de rectificar, ni de que crea que pueda hacer algo para cambiar la opinión que tenemos de él; le estamos atando las manos. Por favor, olvídate de sentenciar y no te conviertas tampoco en un profeta catastrofista capaz de adivinar el negro futuro de tu hijo.

Te repito, haz lo imposible por escuchar a tu hijo con serenidad, procurando no interpretar lo que te cuenta ni filtrarlo bajo tu punto de vista y, por supuesto, por mucho que creas que conoces a tu hijo, no des por hecho algo que ni siquiera te ha contado, olvídate de decir frases en la que simplemente supongas cosas como “seguro que la has liado”.

Por ello siempre hay que intentar hablar en positivo.

Sobre comparar no te voy a descubrir mucho porque bien sabes que la comparación, además de ser odiosa, es uno de los peores recursos se pueden usar con los adolescentes (y con todas las personas en general). Siempre sale mal.

Si comparas a tu hijo con alguien que, según tú, “todo lo hace bien”, no solo conseguirás que se ponga a la defensiva y no te haga ningún caso sino que además le cogerá tirria a esa persona con la que le comparas. Y si encima es un familiar, por ejemplo un hermano, el caso puede ser más grave. Olvídate de usar estos argumentos. A todos nos fastidia que nos comparen con otros, pero en el caso de los adolescentes la molestia se vuelve a multiplicar por cien, porque lo que tu hijo está buscando es que tu atención se centre en él y no en otras personas ajenas o externas al problema.

La comparación era la típica fórmula que usaban los malos profesores de antaño con la que ponían a los “buenos” de la clase como ejemplo ante los demás: se les ponía en un cuadro de honor, o se les mencionaba especialmente en la revista del colegio… consiguiendo que además de cogerle ojeriza al compañero, buscáramos mil pretextos para odiarle: “Fulanito es un pelota”, “es un empollón”, “es hijo de un amigo del director”, etc…

Además, lo de compararse con los demás, que te quede claro, lo hace el propio chico constantemente pues es una de las características propias de su inmadurez adolescente.

En estos casos yo siempre prefiero que los padres os bajéis al suelo y os pongáis como ejemplo de imperfección, un ejemplo en el que él se pueda mirar: “a mí no me gustaban los deportes pero seguí intentándolo y hoy me encanta el paddle, “a mí también me costaba horrores la Química, por eso tuve que esforzarme más por sacarla… y estoy seguro de que tú eres capaz de hacerlo”.

Otro tema aparte son las amenazas. Si puedes evitarlas, evítalas, aunque reconozco que a veces son necesarias para actuar ante un previsible comportamiento inaceptable de tu hijo. Pero úsalas cuando realmente tengas claro que dicho comportamiento puede ocurrir.

Y si le amenazas, al menos sé claro en lo que le puede pasar. No le plantees la amenaza como algo difuso o metafórico del tipo: “como suspendas te vas a enterar”, “como te portes mal se va a armar la gorda”,… que tu hijo sepa bien a qué se enfrenta.
Tu hijo debe saber, anticipadamente y con claridad, cuáles son las normas que hay en casa, qué es lo que se puede hacer y qué es lo que no se puede hacer, cuáles son los límites y cuáles serán las consecuencias de sobrepasarlos.

Tienes que procurar darle siempre una posibilidad para que cambie, que entienda que está en su mano variar la situación. Piensa en frases como “estoy convencido de que esto no va a volver a ocurrir, pero si te retrasas en llegar a tu hora, te quedarás sin salir el próximo fin de semana”… Esta es una manera de recordarle las normas de casa pero siempre le quedará claro que confías en él. Él te agradecerá que le des esa confianza… aunque llegue tarde, que llegará… pero por lo menos sabrá que si tomáis alguna medida habrá sido consecuencia de sus propios actos.

Los adolescentes aún no tienen suficiente capacidad de autocrítica como para asumir sus errores y, cuando meten la pata, rápidamente escurren el bulto o echan balones fuera. Muy pocas veces escucharás a tu hijo aceptar o asumir que el problema es suyo; si las cosas del cole han ido mal es porque fulanito ha tenido la culpa o el profesor le tiene manía, si llega tarde ha sido porque el metro se ha retrasado, o porque el reloj se le ha parado o porque el móvil se ha quedado sin batería.

Amiga mía, hablar con un adolescente no es fácil, y menos si encima somos sus padres, por ello te aconsejo que pongas mucho de tu parte e intentes por todos los medios empatizar con él.
Sé firme, eso sí, pero abiertamente dialogante, sin recriminaciones ni pretender culpabilizarle.

Sé que piensas que la comunicación con tu hijo adolescente es muy complicada y a veces imposible, pero si eres capaz de introducir en vuestras conversaciones unos pocos cambios, verás que puede ser bastante más fluida. Se trata, en definitiva, de conseguir que baje su guardia, que deje de estar a la defensiva, que vea que no le estamos intentando “llevar a nuestro huerto”, que no se trata de que él crea que tiene que “hacer todo lo que impongamos”, sino de aprender que el diálogo y el respeto, tanto a las personas como a las normas, son las únicas maneras de conseguir las cosas en casa (y fuera de ella).

No te digo que no vayáis a discutir porque no sería cierto. Vais a discutir y muchas veces. Las relaciones no se deterioran porque dos personas discutan sino que se deterioran cuando las dos personas no saben discutir. Todos, cuando discutimos, tenemos nuestra parte de razón, “nuestra razón”, pero las discusiones siempre acaban mal cuando rechazamos la razón del otro atacándole. Recurre siempre que tengas una disparidad de criterio con él a frases del tipo “es posible que tengas razón pero yo lo veo de otra manera”.

Cuando discutáis, no os interrumpáis, no os critiquéis, no os insultéis, ni os reprochéis cosas que hayan ocurrido anteriormente, nunca hagas de menos los argumentos de tu hijo y procura no malinterpretar lo que te está diciendo. Y otra cosa, nunca olvides que las discusiones… hay que saber terminarlas, no vale coger e irse de la mesa, ni dejarle con la palabra en la boca (ni dejar que lo haga él).

En definitiva amiga mía, cuando habléis céntrate en un aspecto muy concreto, no te dediques a hacer un inventario de todo lo que tu hijo hace mal. Intenta ir poco a poco, solucionando problemas parciales.

Procura estar siempre abierta y no a la defensiva porque, no olvides que es tu hijo no tu enemigo.

Usa un lenguaje positivo y si tienes que demostrar humildad y hacer autocrítica, hazla; eres humana como él y debes reconocer tus errores pues, con tu ejemplo, él aprenderá a reconocer más adelante los suyos. En conclusión, céntrate en la solución y no en el problema. Esta es, posiblemente, la esencia de todo.

Cuando hayáis conseguido que vuestra comunicación avance un poco, intenta entonces llegar a un acuerdo con él, saca de él un compromiso y ofrécele también el tuyo, para que vea que ambas partes ceden y que no siempre lo hace el mismo.

La casa (y la escuela) es un microcosmos, una pequeña sociedad en la que el chico aprende y pone en práctica lo que luego hará fuera de ella cuando sea mayor. Lo que los padres (y los maestros) queremos es que tu hijo sea una persona con criterio para opinar y con capacidad para decir lo que siente, pero siempre respetando a los demás. Que sea una persona que comprenda que no se puede tener razón siempre y que no por ello hay que armar un jaleo cada vez que no se cumpla lo que uno quiera.

Suerte.

MhB

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11 comentarios sobre “Hablar con mi hijo, adolescente.

    Elizabeth escribió:
    13/06/2014 en 22:48

    No puedo estar mas de acuerdo con tu comentario, creo en todo lo que dices, es cierto que se consiguen mejores resultados cuando intentamos comprenderlos, pero el que ellos nos comprendan a nosotros por mucho que tratemos de entenderlos creo que se consigue… con el paso del tiempo. Yo no entendía a mis padres y hoy en dia los recuerdos me hacen pensar en que, quizá no en todas las cosas, pero en muchas… ¡qué razón tenían!… y ahora lo agradezco tanto… porque los recuerdo como los mejores padres que he podido tener, con sus defectos y virtudes pero para mi ¡los mejores!! Solo espero que algun día mis hijos puedan pensar lo mismo de los suyos. Te agradezco mucho que nos des la oportunidad a los que tenemos hijos adolescentes de abrirnos los ojos y la mente con el tema tan interesante que has escrito (“Hablar con mi hijo, adolescente”) me ha servido de mucho para reflexionar y pensar, en que tengo que cambiar y que mejorar. Muchas gracias de corazón.

      marcelhbrunner1 respondido:
      14/06/2014 en 17:28

      Nuestros hijos adolescentes no se suelen portar como nosotros, los padres, creemos que nos merecemos. El adolescente es un ser humano en proceso de maduración y por ello el amor hacia los padres no es reconocido por ellos en todo lo que vale. Eso lo harán más adelante. Para los padres es frustrante ese tiempo de espera, es una prueba más a la que nos somete la vida… una de las más duras pruebas. Cuando sean “mayores” aprenderán a amar sin condiciones, sin pedir nada a cambio, como lo hacemos los padres.
      Amiga mía, ármate de amor y paciencia. Los padres tenemos todavía un par de hermosas herramientas que debemos usar cuando nos hieren nuestros hijos: el perdón y el olvido.
      El olvido y el perdón son la demostración definitiva de que un padre ama de verdad.

    Elizabeth escribió:
    14/06/2014 en 18:42

    Naturalmente ,ese es el verdadero amor.

    Yolanda M escribió:
    14/06/2014 en 22:26

    El olvido y el perdón es la demostración de amor..
    Parece fácil. Ojala poner todo esto en practica, no sea tan difícil como parece.
    Me ha gustado mucho tu carta.

    Un abrazo..

      marcelhbrunner1 respondido:
      16/06/2014 en 10:18

      Al final todo se reduce a hacer las cosas de manera sencilla y natural.
      Sé tolerante con sus errores pero cuando le corrijas muéstrate tal como eres, serena y equilibrada. Escúchale con interés de verdad. Siéntete orgulloso de él y… ¡díselo!. Confía en él y que él sienta esa confianza y, sobre todo, quiérele,…, desinteresadamente,… quiérele mucho, porque aunque se comporte como un “borde” y parezca una “seta” necesita sentirse querido.

    Luis alberto escribió:
    16/06/2014 en 07:15

    Gran comentario. Si algún dia tengo hijos lo tendré en cuenta.

      marcelhbrunner1 respondido:
      16/06/2014 en 10:23

      Gracias por tu amable comentario.
      Con tu interés por estos temas ya estás demostrando que vas a ser un padre extraordinario.

    Suzanne escribió:
    13/08/2014 en 18:53

    Hermosa y útil carta para poner en práctica con los hijos e hijas adolescentes.

      marcelhbrunner1 respondido:
      03/09/2014 en 21:07

      Los adolescentes necesitan de nuestro amor y de nuestra paciencia. El amor que les dimos especialmente en la infancia y que, con paciencia, les demostramos en la adolescencia, volverá de regreso a los padres cuando sea un joven veinteañero. No lo dudes.
      Gracias por tu amable comentario.

    jjose escribió:
    03/09/2014 en 07:56

    Creo que sería interesante poder difundirlo más, me gusta mucho tu escrito.
    Un abrazo.

      marcelhbrunner1 respondido:
      07/09/2014 en 15:12

      Gracias por tu interés.
      Efectivamente, conocer la adolescencia es descubrir una de las etapas más ricas y creativas del ser humano. Es una oportunidad única tanto para los hijos como para los padres de mejorar: mientras el adolescente aprende a respetar y a valorar a sus mayores, imperceptiblemente se une a ellos de manera mucho más profunda. Por otro lado, los padres pueden disfrutar del maravilloso proceso de maduración de su hijo y llegar a conocerlo profundamente.
      Un abrazo.

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