El profesor ante las Inteligencias Múltiples

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Dudo mucho que el psicólogo y pedagogo norteamericano Howard Gardner, Premio Príncipe Asturias de Ciencias Sociales 2011, al presentar ante el mundo científico, hace más de 30 años, su Teoría de las Inteligencias Múltiples, se planteara las implicaciones que su trabajo iba a tener en tantos campos, sobre todo en el de la Educación.

Hoy en día, multitud de centros educativos en todo el mundo han adaptado con éxito las Inteligencias Múltiples a su docencia. Pero no está siendo una labor fácil pues ha hecho falta un enorme trabajo de base (diseño y adaptación curricular, formación del personal docente, cambios en la arquitectura tanto del aula como del centro, uso de nuevas tecnologías, etc.) para poder introducirlas y usarlas adecuadamente con los alumnos.

Hay que tener claro que el éxito de los colegios que han implementado las Inteligencias Múltiples no ha venido de la simple adecuación a la docencia de las Teorías de Gardner sino de una compleja aplicación concatenada de una larga serie de pedagogías diversas que se adaptan y complementan en el trabajo diario en el aula. Hablamos de pedagogías que son capaces de escoger lo mejor del conductismo de Skinner y asimilarlo a las ideas constructivistas de Piaget sin que el resultado chirríe, integrar el aprendizaje autónomo y activo de Montessori o Decroly con el aprendizaje por descubrimiento de Bruner, utilizar técnicas de aprendizaje significativo de Ausubel sin perder de vista la dimensión social de Vigotski, la modificabilidad cognitiva de Feuerstein o la Pedagogía de la Escucha de Malaguzzi, acomodando el trabajo cooperativo con el pensamiento crítico y creativo, e incluso recurrir, ¿por qué no?, a algo quizá tan extremo y apasionante como es el pensamiento lateral.

En este sentido, el lector podría argumentar que muchas de las aptitudes que se sugieren en este artículo podrían aplicarse a cualquier profesor, utilice o no Inteligencias Múltiples, y, realmente, tendría razón. Pero, en el caso particular del docente interesado en trabajar las Teorías de Gardner en su aula y en su escuela, estas aptitudes son fundamentales y se ha demostrado que los buenos resultados obtenidos tras su implementación han sido, y son, fruto del profundo trabajo realizado en y por los docentes.

La totalidad de los centros que han experimentado y aplicado en su metodología la Teoría de las Inteligencias Múltiples, coincide en que, para que estas teorías sean efectivas en el aula, debe haber una implicación máxima del docente; una implicación de tal calibre que exigirá de él un gran esfuerzo, que le llevará al límite sus fuerzas y de su capacidad de sacrificio y que hará que, en muchas ocasiones, se plantee si su vocación merece tal empeño.

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Siempre he pensado que si una profesión debe ser vocacional, ésta debería ser, por antonomasia, la de maestro. Lo deseable sería que todas las profesiones fueran vocacionales, pero estoy firmemente convencido que, en el caso del docente, este deseo es casi una obligación. Ante la duda, siempre aconsejo volver a los orígenes, a la esencia, a las razones que les hicieron elegir esta profesión y nunca olvidar que el objeto de su trabajo, y de su vida, es su alumno.

¿Qué aptitudes debe poseer el maestro o profesor para plantearse enseñar mediante la Teoría de las Inteligencias Múltiples? Aquí van algunas sugerencias.

  1. Tomar conciencia de que existe un problema y querer buscarle solución.

Aquel profesor que cree que no está enseñando bien, debe tomar conciencia de que quizá el modo en que se está enseñando no es el adecuado y que debe buscar un cambio; pero el cambio debe empezar en sí mismo.

La mayoría de los docentes nos quejamos de mil cuestiones: del sistema educativo, del modo en que se nos obliga a enseñar, del currículo, de la organización escolar, de la burocracia, de la escasa de atención del alumno, de la poca colaboración familiar, del mínimo apoyo de las instituciones, de la poca valoración de nuestro tiempo y esfuerzo, de la escasa remuneración económica, del intrusismo, etc., pero la mayoría de los profesores seguimos dentro del sistema, jugando con sus reglas, y lo hacemos por multitud de razones: por comodidad, por razones económicas, por sentir que luchamos “contra los elementos”, etc.

El primer paso se da cuando somos realmente conscientes de que algo está fallando y -esto es lo importante- creemos firmemente que se puede encontrar la solución.

  1. Esforzarnos por conocer a nuestros alumnos.

Conocer mucho, muchísimo, de Psicología infantil y juvenil, y tener amplios recursos de Psicología Educativa es lo deseable y un buen punto de partida es entender que la misión principal del docente es la de fomentar el desarrollo integral de cada alumno, pero siempre respetando su individualidad.

Cada niño es único y, por ello, tiene sus propios intereses, sus gustos, sus pasiones, su manera de trabajar. El docente debe conocer las fortalezas de cada uno de sus alumnos para poder fomentarlas, ayudarle a centrar su personalidad, a tener confianza en sus posibilidades, trabajando para que se desarrolle como persona y que sea capaz de afrontar su futuro con éxito. Pero, todo ello, atendiendo a los diferentes ritmos de aprendizaje de cada alumno y a las distintas destrezas que son fruto, como veremos más adelante, de sus diferentes inteligencias.

  1. Formarse en Inteligencias Múltiples.

Hay que conocer muy bien la Teoría de las Inteligencias Múltiples para poder ponerla en práctica en el aula. El docente debe conocer profundamente cómo son las ocho inteligencias y adecuar aquello que se pretende enseñar a la pluralidad de sus alumnos. El cambio de metodología es radical puesto que nos va a permitir enseñar cualquier cuestión relacionada con las Ciencias, Lengua o Sociales, etc., utilizando diferentes aproximaciones, ya sea mediante representaciones, mapas mentales, trabajo en equipo, contacto con la naturaleza, etc., y siempre aplicando técnicas metacognitivas, es decir, reflexionando, pensando sobre lo que pensamos.

En esencia, los principios de la Teoría de las Inteligencias Múltiples aplicados a la Educación son, curiosamente, muy básicos y han venido siendo objeto de deseo de gran cantidad de pedagogos desde hace más de un siglo: consisten sencillamente en prestar atención a la diversidad de personalidades y a la individualización de la enseñanza y el aprendizaje.

Curiosamente, nadie duda que esto debería ser siempre así, pero seguimos, con resignación, manteniendo y formando a nuestros hijos dentro de sistemas educativos de base taylorista en los que se prima el aprendizaje específico y la generalización del conocimiento: todos los chicos y chicas deben aprender y saber lo mismo a la misma edad y todos deben desarrollar tan solo las dos inteligencias que, supuestamente, la vida laboral les va a exigir, esto es, solamente la lógico-matemática y la lingüístico-verbal.

Afortunadamente, los cambios radicales que está sufriendo el mundo laboral hacen que el simple desarrollo de estas dos inteligencias digamos “clásicas” ya no asegure un puesto de trabajo a nadie. Y digo “afortunadamente”, porque empiezan a valorarse otro tipo de competencias para la vida laboral presente y futura que hacen más hincapié en la inteligencia social, en la transdisciplinariedad, en la interculturalidad, es decir, en la capacidad de funcionar en diferentes entornos culturales, en la alfabetización en medios, en la capacidad de filtrar la información que es verdaderamente importante, en el trabajo en equipo (virtual en la mayoría de los casos), etc., aspectos todos ellos en los que la Inteligencia Interpersonal, la Intrapersonal, la creatividad o la capacidad artística tienen tanta o más presencia que las dos inteligencias clásicas.

  1. Ser más humildes y aparcar nuestro ego.

Los profesores normalmente sabemos mucho de una materia o asignatura, pero a menudo perdemos de vista que la nuestra no es la única materia de estudio que existe ni siquiera la más importante, sino que forma parte de un entramado de bloques de conocimiento sobre los que se asentará tanto la personalidad cognitiva como la humana de nuestros alumnos.

Del mismo modo, tampoco existe un modo único de acercarse al conocimiento de nuestra asignatura. Por ello, creo que ha llegado el momento de salir, parafraseando al británico Alasdair A. K. White o al español Gregory Cajina, de nuestra “zona de confort” educativo. Olvidémonos de la comodidad de enseñar nuestras asignaturas solo con aquella inteligencia en la que nos encontremos más a gusto.

Lo importante no es nuestra comodidad a la hora de enseñar, lo importante es que el conocimiento llegue y se quede. Cada alumno al que no le llega lo que le enseñamos deberíamos entenderlo como un fracaso personal del docente. Indudablemente, lo ideal sería que el conocimiento llegara a nuestros alumnos a través de un emocionante camino de descubrimiento, lo cual casi nunca ocurre, pero podemos luchar por hacerlo posible.

Asumamos nuestro rol y nuestro espacio: los docentes no somos el centro del sistema educativo. Tomemos conciencia de la humildad de esta gran profesión y no olvidemos que la educación es una cuestión vocacional en la que el docente juega el papel de un modesto acompañante temporal de sus alumnos en su desarrollo como persona.

  1. Vivir en un constante proceso de formación

Todo está cambiando en nuestra vida y el docente, más que nadie, debe ser consciente de los cambios que operan en el mundo. No podemos permitirnos vivir de espaldas a los cambios de nuestra sociedad en la que los jóvenes, que son el objeto de nuestro interés, no solo están aprendiendo a un ritmo distinto que hace un par de décadas sino que se aburren soberanamente en colegios que les adormecen mientras viven hiperestimulados fuera de ellos.

La escuela y los docentes no avanzamos al mismo ritmo que ellos, ni siquiera avanzamos al ritmo de nuestra sociedad, y gran cantidad de los conocimientos y del modo de impartirlos se han quedado obsoletos. La brecha generacional no es solo tecnológica sino que es mucho más grave aún, es una brecha generacional de contenidos.

Es labor del docente, pues, mantenerse informado de lo que ocurre en el mundo, de lo que se está haciendo en otros lugares e informar también de sus propias experiencias innovadoras, si las tuviese.

Vivimos en una sociedad digital y no podemos ignorar una realidad que es imparable. Hay que caminar hacia la correcta alfabetización digital de nuestros alumnos pero sin perder de vista fomentar en ellos el pensamiento crítico, la innovación, la creatividad o la colaboración. El profesor no tiene por qué convertirse en un experto en tecnología, pero sí es fundamental que llegue a ser un experto en habilidades de pensamiento.

Pero, tranquilos, no estamos solos. Muchos, muchísimos docentes, en gran cantidad de países y amparados por prestigiosas universidades de todo el mundo están desarrollando investigaciones para dar respuesta a la demanda de una educación moderna, actualizada y coherente con la sociedad en la que vivimos y en la que el alumno es el centro de todo el proceso.

  1. Echarle imaginación.

El docente debe adquirir recursos para despertar el interés en todos sus alumnos teniendo en cuenta que cada uno es diferente. De lo que se trata, en definitiva, es de generar en nuestros alumnos la capacidad de enfrentarse a diferentes situaciones mediante distintos recursos de actuación. No se trata tanto de tener una gran cantidad de conocimientos en la cabeza sino de ser capaces de ponerlos en acción.

El concepto clásico de maestro ha cambiado radicalmente en nuestros días hasta convertirse en aquello que María Montessori ya planteaba hace más de un siglo, ser un guía, un asesor, un facilitador o, usando un vocablo muy de moda, ser un coach, para sus alumnos o, como diría el pensador austriaco Peter F. Drucker, ser un gestor de conocimientos.

Es evidente que un docente solo puede ser innovador o creativo si lo es un su vida cotidiana. El profesor creativo adapta sin miedo nuevas técnicas y/o materiales en beneficio de su docencia, nunca se limita a una lección cerrada y promueve constantemente que sus alumnos participen en la clase.

  1. Ser un provocador en el aula.

Sí, suena utópico, idealista y transgresor… pero, no tengamos miedo a innovar, no tengamos miedo a ser originales, divertidos, ingeniosos y motivadores. Al fin y al cabo, los profesores son uno de los modelos más potentes en los que se refleja el chico o chica: de él imitarán su forma de ser, su manera de enfrentarse a los problemas, su forma de relacionarse y su actitud ante los cambios. El docente tiene capacidad, y debe usarla, para evitar que sus clases caigan en la rutina y la monotonía que llevan indefectiblemente al desinterés, a la desgana y al aburrimiento. La mejor manera de aprender, no lo olvidemos, es disfrutando.

En este sentido, una de las grandes bondades que tiene la Teoría de las Inteligencias Múltiples es su flexibilidad ante el proceso de aprendizaje. Podemos adaptar el aprendizaje mediante una infinidad de aproximaciones perfectamente compatibles con el currículum académico.

  1. Ser autocrítico

El docente debe desarrollar, en sí mismo, una capacidad de evaluación continua de su propio trabajo, pues es la única manera de mejorar. Pensar no solo de manera individual sino conjuntamente, asesorado por sus compañeros de claustro, sobre el trabajo que se está efectuando le va a permitir tener una filosofía de mejora constante de su trabajo.

Hay que replantearse constantemente si hemos sido capaces de darles a nuestros alumnos las herramientas adecuadas para su evolución personal y profesional, si hemos sido capaces de transmitirles cómo se hace una investigación rigurosa, si saben realmente trabajar en equipo, si son capaces de tomar decisiones autónomas o si saben resolver problemas de manera creativa.

Por ello, el docente debe someterse sin miedo a la evaluación de su propio trabajo, insisto, tanto por uno mismo como por parte de sus compañeros. Soy de la opinión de que siempre existe una manera mejor de hacer las cosas y que lo apasionante es encontrarla.

  1. Replantearnos el modo en que evaluamos

La evaluación dentro de un proyecto de Inteligencias Múltiples es mucho más compleja que la simple valoración de los resultados de unos exámenes. El niño, como todo ser humano, está dotado de una personalidad tan compleja que es absurdo intentar cuantificarla mediante un sistema de evaluación estandarizado.

Las inteligencias que el chico o chica utilizan en su vida cotidiana y, por supuesto, en su actividad en la escuela, no se dan por separado sino que aparecen de manera conjunta, por ello, la evaluación también debe ser conjunta. El cambio que aporta la Teoría de Gardner a la evaluación propiamente dicha es la multiplicidad de opciones que se le ofrecen al alumno, pues podemos evaluar el conocimiento que adquiere cada uno permitiéndole expresarse de aquella manera que a él le resulte más fácil, ya sea dibujándolo, representándolo cinestésicamente, escribiéndolo o debatiendo.

No se trata de ver si nuestro alumno es o no inteligente, sino de qué manera es inteligente. El resultado final es simple, pues se reduce a conocer mejor a nuestros alumnos y, de este modo, poder servirles mejor en su aprendizaje. Paralelamente, el alumno comprende la evaluación no como como una calificación de sus muchos o pocos conocimientos sino como un proceso incluso beneficioso para él, en el cual puede disponer de muchas posibilidades de expresarse, demostrar lo que sabe y encarar con ilusión aquello que desconoce.

  1. Ser capaz de trabajar en equipo

Un proyecto educativo innovador con inteligencias múltiples debe ser ante todo colaborativo, un trabajo en común y planificado al detalle con nuestros compañeros del centro. Se va a exigir de todo el cuerpo docente una sincera interacción, intercambio de ideas, puesta en común de ideas, procedimientos y resultados. Nadie debe estar, nadie puede estar, fuera del proyecto. El profesor debe interesarse y valorar  el trabajo de sus compañeros pues comprende que no trabaja solo en un aula sino que su labor forma parte de una entidad mucho más grande y ambiciosa: la Comunidad de Aprendizaje del Colegio.

  1. Tener capacidad de implicar a toda la Comunidad Educativa

Educar y formar, son actividades en las que intervienen gran cantidad de actores puesto que, a parte de los maestros y los alumnos, también colaboran otras personas e instancias que dan soporte administrativo, de servicios, de organización, etc., que son fundamentales para que todo el proceso funcione, pero hay una base, una columna, que sustenta gran parte del entramado educativo y son los padres.

Nunca he comprendido la actitud de muchos padres que delegan completamente la educación y la formación de sus hijos a los colegios, como tampoco entiendo la poca presencia legal de los progenitores en los Consejos Escolares y menos aún la cerrazón de aquellos centros educativos que no permiten que los padres se organicen en AMPAS para ayudar en la tarea de organización y vigilancia de la educación de sus hijos.

Hay mucho trabajo que hacer en los Colegios y toda ayuda es bienvenida, mucho más aún cuando lo que se pretende es la diversidad y la personalización de la educación mediante el uso de las Inteligencias Múltiples. Fuera de la escuela, en casa, en la calle, etc. debe haber una continuidad de acción mediante las Inteligencias Múltiples que debe ser tan natural, o más, que en el Centro.

Creo que es misión del docente generar una gran empatía con todos los actores educativos, sobre todo con los padres, y saberse embarcados en el mismo proyecto: el de formar a nuestros alumnos, hacer crecer a nuestros hijos. Todos remamos en la misma dirección, con el mismo objetivo, somos complementarios e insustituibles y ninguno podemos hacerlo de manera individual.

Como conclusión a estas sugerencias, propondría al docente ante todo tener una actitud optimista: tenemos que ser generadores de ilusión en el aula, ser positivos y contagiar este positivismo a nuestros alumnos. La misión es doble: primero recuperar en ellos las ganas de ir a clase y segundo reactivarles en el gusto por aprender. Ante todo tengamos confianza, tanto en las posibilidades de nuestros alumnos como en nuestras propias capacidades y, por último,hay que tener paciencia y no esperar resultados a corto plazo. Los resultados llegarán, seguro, pero hay que ser capaz de ver lo que hemos sembrado con cierta perspectiva.

Ahora bien, volvemos a una de las preguntas planteadas al principio: ¿merece la pena tanto esfuerzo?

España tiene un sistema educativo público que no funciona y sobre ello hay abiertas miles de discusiones que no son objeto de este artículo. En nuestro país, la figura del profesor es poco valorada, a veces menospreciada e incluso ridiculizada mediáticamente desde las instancias políticas. Desde la perspectiva de la formación del docente, el acceso a esta carrera es muchas veces residual, pues acceder a ella es la opción “menos mala” de muchos estudiantes con insuficiente nota de acceso a otras carreras universitarias, e incluso el acceso a la docencia desde otras carreras se hace simplemente “cualificándose” como profesor mediante un genérico Certificado de Aptitud Pedagógica.

En cambio, países con una visión educativa más amplia y menos cortoplacista que la nuestra, como Finlandia, Japón, Canadá, Singapur, e incluso Estonia o Polonia, han decidido apostar por la figura del profesor, convirtiendo esta profesión en una de las más difíciles de estudiar en las universidades. El profesor, en estos países, nunca termina de estudiar pues se les obliga a una formación constante pero, en contrapartida, se les incentiva económica y profesionalmente, convirtiéndoles en una de las profesiones más prestigiosas y mejor remuneradas. Los resultados están a la vista de todos.

¿Merece la pena o no?

MhB

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