¡No! a los deberes

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Finales de agosto, terminan las vacaciones de verano y, ya mismo, comenzará el nuevo curso escolar. La mayoría de los chicos miran de reojo y con un rictus de amargura, los mismos “nuevos” anuncios televisivos “de siempre” de la “vuelta al cole”: nuevos cuadernos, nuevos libros, nuevos zapatos, nueva aula, nuevos maestros…, pero también vuelta a lo mismo: a la misma rutina, al mismo aburrimiento, a la misma desgana,… y a los mismos deberes.

En nuestro país no existe una reglamentación sobre la cantidad de deberes que nuestros hijos “tienen que hacer”, después de su larga jornada escolar, y se deja que sea el criterio del colegio o del propio profesor el que determine cuántos deberes debe hacer el niño o niña en casa. Y yo me pregunto: ¿cómo es posible que un niño de primaria, después de pasar como mínimo 6 horas diarias en el colegio, se vea obligado después a pasar de una a tres horas en casa “repasando” o “afianzando”, lo que le enseñaron (o realmente, “lo que NO le enseñaron”) en clase?

Desde mi experiencia como profesor universitario puedo afirmar que no existen tantos conocimientos como para que el niño pase tanto tiempo en la escuela y, menos aún, para que prolongue con más horas de estudio la asimilación en casa de la información recibida en el colegio.

Siempre he pensado que si un profesor, después de una jornada escolar, necesita que sus alumnos dediquen un par de horas más de deberes en casa, es un síntoma claro del fracaso del docente. Si necesitas que el niño (y sus padres) “aquilate”, memorice, interiorice,… en casa lo que tú no has sido capaz de enseñar a tus alumnos, es el momento de replantearte qué puñetas estás haciendo en clase con ellos.

Hasta la palabra en sí es fea… deberes. Con ella ya les estamos transmitiendo al niño o niña el concepto de que tienen la obligación de hacer cosas que no les gustan porque, de lo contrario, en casa se llevarán nuestro enfado o nuestro castigo, y en el colegio se quedarán sin recreo o les quitarán puntos de la nota final. Nos encontramos ante un flagrante proceso de preparación psicosociológica que consiste en anticipar en la infancia los esquemas laborales de la sociedad que les espera cuando sean adultos. Pero, ¿no les estamos educando precisamente para el cambio?

boring homework

Ayer mismo hablé con mi gran amiga, la doctora Patricia Núñez Gómez (UCM), de la amargura de la vuelta al colegio, no solo para los chicos sino para mucho padres (cada vez somos más) que observamos crispados como nuestros hijos regresan a la rutina del aburrimiento, el hastío y la repetición. Patricia, experta en plantar semillas de pensamiento libre en los cerebros de todos los que la conocemos, me ha hecho pensar largamente sobre esta cuestión. Ella, que es tremendamente solidaria y proactiva, se plantea incluso denunciar a los colegios y a los estamentos educativos por atentado a los derechos del niño.

Los derechos del niño… ¡cuánto se nos llena la boca cada vez que pronunciamos las palabras “proteger a los niños” mientras, con la mano oculta y por detrás, les robamos su infancia, con la excusa, eso sí, de prepararles para el futuro, para la vida en sociedad, esa misma sociedad para la que recibirán de nuestra parte el encargo de cambiarla! Pero… ¿cómo van a cambiarla si les obligamos a hacer lo mismo?

Mi amiga Patricia me recordó la figura de Francesco Tonucci, el pedagogo italiano que afirma, con la rotundidad y el conocimiento de una vida entera dedicada a los niños, que “los deberes son una equivocación pedagógica y un abuso”, y ello me ha hecho recapacitar que siempre tenemos la posibilidad de replantearnos que lo que es tradicional, lo que se hace “porque todo el mundo lo hace” o lo que todo el mundo cree que es lo normal, no tiene por qué ser lo correcto. Y para oponerse a algo hay que empezar dando un pequeño y trascendental paso; yo ya he dado el mío y empecé, hace tiempo, a llamar a los deberes simplemente… la tarea, arrancándole de raíz ese aura de obligatoriedad que realmente no tiene. Es un primer paso. Ahora hay que dar otros muchos pasos más. Y, tranquilos que, para darlos, no estamos solos.

Afortunadamente, ya somos muchos los padres y somos muchos los educadores, que no nos resignamos, que luchamos y que ponemos el grito en el cielo, como es el caso de Eva Bailén, ingeniero y madre de tres hijos (no necesariamente en ese orden) que ha decidido plantar cara a este sistema establecido de deberes escolares. Harta de ver a sus hijos estresados ante los deberes, sin tiempo libre, sin tiempo para jugar, sin tiempo para crecer, decidió abrir una petición en Change.org para protestar, buscar solidaridad y exigir que se regulen los deberes en la educación primaria.

Esta petición de firma planteada por Eva llegó a manos del profesor de Secundaria Alfonso González Balanzá, que no solamente la firmó sino que le reenvió una carta escrita por él y titulada “Yo confieso” en la que Alfonso, como profesor y padre, desmonta la necesidad de los deberes calificándolos de “injustos e inútiles”, de absurdos y repetitivos, y de carecer de criterios pedagógicos. Los deberes, según Glez. Balanzá, hacen que los niños odien estudiar y aprender, llegando a considerarlos como un castigo. Y lo que es peor, los niños se ven obligados a invertir tanto tiempo en hacerlos que no les queda tiempo para hacer otras actividades mucho más importantes para su desarrollo físico y psíquico.

Me voy a permitir transcribir el contenido íntegro de esta carta, en el absoluto convencimiento de que su lectura hará que muchos nos replanteemos lo que estamos haciendo con nuestros hijos, lo que estamos permitiendo al “sistema” que haga con nuestros hijos.

Os recomiendo encarecidamente la lectura de este texto que rebosa sinceridad y os invito a pasar a la acción, dando un primer paso y no resignaros ante lo impuesto por una “tradición educativa” que bien sabemos, ni funciona ni aporta nada positivo a nuestros hijos.

Este post está dedicado a Patricia Núñez y a tantas madres y padres que no se resignan, que no nos resignamos, a que nuestros hijos repitan, en la escuela y fuera de ella, los mismos esquemas de una sociedad infeliz, insolidaria y triste como la nuestra.

MhB

Yo confieso

La inmensa mayoría de los maestros (mis compañeros de profesión) considera que los deberes son absolutamente necesarios. Muchos estarían dispuestos a discutir sobre la cantidad adecuada, pero que hay que mandar deberes no se lo cuestionan; es algo tan evidente como que  en invierno hace frío y que en verano hace calor. Digamos que es el orden natural de las cosas. Los maestros deben mandar deberes y los niños deben hacen deberes por la misma razón que la Tierra da vueltas alrededor del Sol y las plantas florecen en primavera: porque así ha sido siempre y porque así debe ser. La maldición bíblica “ganarás el pan con el sudor de tu frente” está tan arraigada en nuestra cultura que la hacemos extensible a los niños. La vida es dura; en este valle de lágrimas no estamos para disfrutar, sino para sufrir.

A casi cualquier maestro que le preguntes por la conveniencia de mandar deberes a los niños te contestará, igual que se recita un mantra, que los deberes cumplen tres funciones: refuerzan lo aprendido, enseñan responsabilidad y crean un hábito de trabajo. Y de ahí no los vas a sacar. Eso es lo que hicieron con ellos sus maestros, eso es lo que les han enseñado en la escuela de magisterio y eso es lo que harán hasta que se jubilen. No importa que nuestro país, año tras año, esté a la cola de los países avanzados, en cuanto al rendimiento escolar se refiere, a pesar de que nuestros alumnos sean los que más días de clase tiene al año y más horas dedican a los deberes en casa. Da igual que todos los estudios internacionales demuestren que los países en los que menos deberes se mandan (o en los que directamente están prohibidos por ley) sean los que mejores resultados obtienen; da igual que todas las investigaciones serias hayan demostrado que los deberes no sólo no sirven para nada, sino que pueden ser perjudiciales. Para muchos de mis compañeros de profesión tales estudios son una patraña de pedagogos progres que no quieren que a los niños se les transmita  la cultura del esfuerzo.

Frente a esos argumentos repetidos por tantos profesores, mi experiencia me dice que los deberes son inútiles, antipedagógicos, profundamente injustos ylo que es peor, impiden a los niños realizar otras actividades mucho más importantes. Pero en primer lugar voy a explicar por qué, a mi juicio, tales argumentos son una falacia y un sofisma.

¿Hábito de trabajo? Si dedicar 9 meses al año, 5 días a la semana y 5 horas diarias a la realización de tareas escolares, para un niño de entre 6 y 11 años, no es suficiente para lograr un hábito de trabajo, que alguien me explique qué se necesita para lograr ese hábito. Niños en edad de correr y jugar, están sentados en una silla de madera 5 horas diarias realizando tareas aburridas y repetitivas, mientras exigimos que estén en silencio y concentrados. Cuando los profesores asistimos durante nuestra jornada laboral a una charla de más de una hora, nos retorcemos en nuestros asientos y miramos el reloj con desesperación, a pesar de que somos adultos y se nos supone una mayor capacidad de autocontrol y sacrificio, ¡por no mencionar que nos pagan por ello! Mi hija de 8 años, por ejemplo, dedica al trabajo muchas más horas que yo y que absolutamente todos los profesores que conozco (y conozco muchos).

¿Responsabilidad? Existen muchas formas de enseñar responsabilidad, y no sólo la de cumplir con la obligación de hacer deberes; sin olvidar que no podemos exigir responsabilidad a quien por su edad no es responsable de su tiempo ni de sus circunstancias. La responsabilidad se adquiere progresivamente, y me parece normal empezar a exigirla en la ESO, pero no en Primaria: el tiempo del que disponen los niños por la tarde o los fines de semana no depende de ellos, sino de sus padres.

¿Refuerzan lo aprendido? Un niño de 11 años sólo necesita saber sumar, restar, multiplicar, dividir, escribir (correctamente) y leer (con fluidez), para afrontar con éxito la Secundaria. ¿Eso no se puede aprender en 6 años de trabajo diario en clase? Los niños no refuerzan lo aprendido en clase por la tarde: lo aborrecen. Hasta que no tuve hijos, y estos empezaron a estudiar en Primaria, no me di cuenta de la suerte que tuve de ir a un colegio en el que no se mandaban deberes hasta la 2ª etapa de E.G.B. (de 6º en adelante) y, la verdad, no me ha ido nada mal en mis estudios posteriores.

Y ahora voy a explicar por qué sostengo que son injustos e inútiles: para empezar, los deberes que se mandan son los mismos para todos los niños, independientemente de su capacidad y circunstancias personales. Esto es, por definición, absurdo e injusto: si mi hija, que está en 1º de ESO, no hubiera tenido unos padres profesores (y por lo tanto con estudios y MUCHO tiempo para dedicarle) no habría obtenido los resultados tan buenos que obtuvo en Primaria. Pero a pesar de toda la ayuda que le hemos dado, mi hija ha dedicado cientos de horas a realizar tareas escolares absurdas y repetitivas. Porque la mayoría de las actividades incluidas en los libros de texto se basan en la repetición, en el aprendizaje memorístico al pie de la letra, en copiar mecánicamente y en seguir unas pautas de realización muy concretas, que no dejan margen ninguno a la creatividad, y que logran destruir la curiosidad de los niños. Además, las tareas que mandamos, en muchos casos, no siguen criterio pedagógico alguno: he podido comprobar cómo el número de ejercicios o de trabajos que tenía que hacer mi hija en una asignatura, aun teniendo al mismo profesor, variaba enormemente de un año para otro por el mero hecho de que, al cambiar de editorial, el nuevo libro tenía muchos más o muchos menos ejercicios que el del año anterior. Es decir, que los profesores mandamos todos los ejercicios que vienen en el libro, sin plantearnos cuántos o cuáles son los necesarios: si son diez, diez, y si son veinte, veinte (y, por supuesto, HAY que hacer todos los ejercicios y dar todos los temas del libro). Y este no es un problema del colegio de mis hijos (de cuyos profesores, excelentes profesionales, no tengo, por otra parte, ninguna otra queja), sino que es un problema generalizado de nuestra profesión.

Pues bien, yo confieso que he hecho docenas de ejercicios de Matemáticas a mi hija (si, por ejemplo, le mandaban cinco divisiones, ella hacía una y yo cuatro) le he dictado montones de ejercicios de “Cono”, le he traducido incontables páginas escritas en Inglés, le he ayudado con decenas de ejercicios de Lengua y le he hecho muchos trabajos de diferentes asignaturas (mi mujer, además, le ha ayudado a terminar incontables láminas de dibujo y trabajos manuales). ¡Y no me arrepiento! Lo he hecho para que mi hija tuviera una infancia feliz y durmiera todos los días 10 horas. Gracias a eso, mi hija es una niña sana, además de una gran deportista, le encanta leer y escribir por puro placer, juega  al ajedrez, toca la guitarra y es una niña abierta y sociable que ha jugado cientos de horas en la calle. Y si ahora que está en la ESO puedo asegurar que no le ayudo nada en absoluto y sigue sacando muy buenas notas, ¿eran necesarios todos esos deberes que le mandaron y no hizo? ¿Qué pasa con todos los niños cuyos padres trabajan mañana y tarde y, además, no tiene estudios para poder ayudar a sus hijos? Pues simplemente que este sistema educativo injusto, que coarta la libertad y la creatividad de los niños, los margina irremediablemente y los señala como niños irresponsables y fracasados, a la vez que los hunde con negativos, ceros y castigos, y les mina la autoestima, haciéndoles creer que no sirven para estudiar. Si las circunstancias familiares de cada niño son distintas, todo lo que se mande para casa es, por definición, injusto, y condena al fracaso a miles de niños cuyos padres no tienen tiempo, ni capacidad, para ayudar a sus hijos con los deberes escolares.

Pero además, los deberes son antipedagógicos porque hacen que los niños odien estudiar y aprender. A la mayoría de los niños les encanta ir al colegio, pero no soportan hacer deberes; para los niños estudiar y aprender es un castigo (mis hijos no pueden entender que yo siga estudiando por placer). Eso es lo que hemos conseguido mandando deberes hasta lograr el hastío de los niños.

Y lo peor de todo: los deberes ocupan tanto tiempo que los niños no pueden realizar otras actividades mucho más importantes para su desarrollo físico y psíquico; los profesores hemos logrado que los niños lleven una vida igual de sedentaria que los adultos, con el consiguiente problema, convertido ya en epidemia, de obesidad infantil generalizada.

Y es que los maestros no mandamos una actividad en concreto, un día en concreto, tras una meditada reflexión, por considerarla necesaria para conseguir un determinado objetivo que es imposible lograr con el trabajo de clase, tras plantearnos los pros y los contras y pensar de qué modo podemos lograr que nuestros alumnos se motiven con dicha actividad (en vez de considerarla un castigo), sino que lo hacemos de manera automática; porque sí, porque es lo que se supone que hacen los maestros.

Yo propongo que, siguiendo la lógica de mis compañeros maestros, los equipos directivos de los centros nos manden trabajo durante las vacaciones, para que no perdamos el hábito de trabajo adquirido durante el curso. Y que cuando asistamos a un curso de formación, nos manden deberes para el día siguiente con el fin de afianzar los contenidos del curso.

Muchos compañeros me comentan que son los padres los que exigen que se manden deberes a los niños. ¡Pues claro! Para muchos padres los deberes son la forma de que sus hijos estén ocupados y no les molesten pidiéndoles ir a la plaza a jugar. Muchos padres querrían que los niños estuvieran en el colegio hasta las 8 de la tarde, y, por supuesto que hubiera clase los sábados y que los niños siguieran yendo en julio al colegio. ¿Por qué no les hacemos caso en eso también?

¿Y qué deberían hacer, a mi juicio, los niños después de la jornada escolar? Pues según todos los estudios científicos y pedagógicos, está absolutamente demostrado que los mayores beneficios para el desarrollo neurológico y cognitivo de los niños se obtienen con las siguientes actividades: Deporte, Arte (Música, Dibujo…), Juego (imprescindible para la socialización de los niños y para desarrollar la creatividad), Idiomas y Lectura. El arte, la filosofía, la ciencia, la literatura, la música y todas las actividades más elevadas realizadas por el ser humano, son consecuencia directa del mayor logro conseguido por la humanidad: el tiempo de ocio.

Por lo tanto, los niños deberían pasar más tiempo con sus familias, jugar con otros niños (a ser posible en la calle) y practicar deporte, todos los días; aprender a tocar un instrumento musical, practicar una lengua extranjera y jugar al ajedrez, varios días a la semana. Y, sobre todo: leer, leer, leer, leer, leer… Sólo se debería mandar de deberes, en Primaria, leer todos los días el libro que ellos elijan. Y al día siguiente, en el colegio, hacer una redacción contando lo que han leído. Nada más; el resto de actividades se deberían hacer todas en clase. Si intentamos reducir el número de deberes no cambiaremos nada: todos los maestros están convencidos de que ellos mandan muy pocos deberes; sólo eliminándolos por completo lograremos acabar con esta sin razón.

Alfonso González

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6 comentarios sobre “¡No! a los deberes

    Yolanda escribió:
    30/08/2015 en 19:43

    No puedo estar más de acuerdo con él, y si todos pensamos igual qué hacemos moviéndonos como burros alrededor de una rueda de molino? … Vemos tristes, deprimidos, obesos a nuestros hijos, como pasan sus minutos, horas, días , años memorizando catedrales que jamás reconocerían si las vieran, o frente a un cuaderno escribiendo lo mismo de su libro para aprender a escribir sin faltas de ortografía.
    A cambio no saben relacionarse con otros niños, fomentando la individualidad, la falta de comunicación etc.
    Y me pregunto y me respondo que no estoy haciendo lo mejor para mis hijos .
    Estos comentarios me hacen reflexionar que como madre debería cambiar esto, buscar lo mejor para ellos.. Y enseñarles a ser felices, y creeme así no lo son.

    Gracias una vez más por tus reflexiones .

      marcelhbrunner1 respondido:
      31/08/2015 en 06:02

      Siempre es un buen momento para empezar a hacer la cosas bien. Si indagas un poco en internet, te darás cuenta que no está sola en estos pensamientos, que muchas madres y padres piensan igual, protestan y se organizan. Lo principal siempre es dar el primer paso. Tú ya lo estás dando al pensar si lo que estáis haciendo con vuestros hijos les conduce a ser felices. Ánimo y sigue en esta dirección.

    isabel escribió:
    25/03/2016 en 07:26

    Los niños necesitan jugar y disfrutar como niños, ya tendrán tiempo de ser adultos ahora tienen q crecer y ser niños alegres y felices.

      marcelhbrunner1 respondido:
      11/02/2017 en 12:28

      Los mayores jugamos para divertirnos, los niños juegan porque necesitan jugar. Parece una obviedad, pero es muy ilustrativo. Los niños aprenden mucho más jugando que estudiando, haciendo que mirando. Dice Tonucci que el juego que hacen los niños solos, sin el control de los adultos, es la forma cultural más alta para ellos. Los niños que han podido jugar bien y durante mucho tiempo serán adultos mejores. El juego da recursos para la vida.
      Muchas gracias por compartir tus ideas.

    catagomezz escribió:
    02/09/2016 en 22:39

    Recuerdo que los deberes eran tan estupidos y aburridos; la mayor parte era “formar palabras con la letra F (por ejemplo) recortando solo letras de revista”. Y lo peor es que no mandaban una vez cada tanto ese ejercicio, era algo tan frecuente que terminaba por hartarme.
    También recuerdo que cuando llegaba de la escuela por la tarde me tenía que sentar a hacer los deberes ya que de mañana mi madre trabajaba y no podia ayudarme. Esa rutina contribuia a que todas las horas de luz disponibles para jugar se fueran a la basura.
    El sistema tendria que cambiar.

    marcelhbrunner1 respondido:
    11/02/2017 en 12:14

    Estoy convencido que el sistema va a cambiar, porque mucha gente como tú valora la educación en nuestro país con espíritu crítico y constructivo y lucha cada día para que sea mejor.
    Queda todo por hacer, pero hemos empezado a andar.
    Muchas gracias por tu amable comentario.

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